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Rezagos legislativos

Hoy domingo comienza la Legislatura LXI. Los problemas financieros quedaron en el pasado, sin embargo sólo resolviendo los pendientes en materia de fiscalización y representatividad podrán los diputados empezar a lavar su imagen

La naturaleza de un Congreso es llevar la voz de los ciudadanos a las instituciones de Gobierno. EL INFORMADOR / S. Mora

  • Análisis. Por: Enrique Toussaint

Hoy domingo comienza la Legislatura LXI. Los problemas financieros quedaron en el pasado, sin embargo sólo resolviendo los pendientes en materia de fiscalización y representatividad podrán los diputados empezar a lavar su imagen

GUADALAJARA, JALISCO (01/NOV/2015).- Pasamos de las expectativas frustradas, a la abierta indiferencia. Nadie pensará que miento cuando digo que son ya muy pocos los ciudadanos que esperan algo de sus diputados. Es como si el común de los jaliscienses se haya convencido de que es mejor ni siquiera ilusionarse con nuestros nuevos representantes públicos. Si toda la clase política se encuentra cuestionada por una ciudadanía que ya no admite justificaciones, los diputados se encuentran a la cola de la estima popular. No es casualidad que el Latinobarómetro ponga a México como el país con menos estima hacia sus legisladores: solamente 17% de los ciudadanos se siente representado por los diputados. Y más aún, el 58% de los mexicanos considera que la democracia puede perfectamente echarse a andar sin Poder Legislativo. La crisis del parlamentarismo en México llega a tal punto que muchos ciudadanos estarían de acuerdo en sacrificar la división de poderes y el contrapeso que significa el Congreso. No estamos hablando de un mal humor ocasional, o de una decepción pasajera, las encuestas señalan que los ciudadanos no le ven mucha utilidad a estar manteniendo a 39 políticos que aparecen cada campaña y que luego desaparecen durante tres años.

Y es que dificilmente podemos culpar a ese jalisciense que está harto de sus diputados. Remontarnos al pasado sólo nos lleva a un callejón de amargas decepciones: diputados que inflan la nómina del Congreso para ayudar a sus cuates; diputados que aprueban cualquier ley, siempre y cuando por delante vaya un jugoso cheque, o si es en efectivo, mejor; diputados que hacen negocio con obra pública y en total impunidad; diputados que traicionan sus principios para enriquecerse a costa del interés público; diputados que solamente se ponen de acuerdo cuando de repartirse el pastel del presupuesto, se trata; diputados que negocian con las cuentas públicas y con el uso de los recursos públicos que provienen de los impuestos de todos los ciudadanos. Sería tremendamente injusto decir que todos los diputados juegan ese perverso juego, pero lo que es profundamente decepcionante, es que muy pocos son los que se atreven a decir “no” y se ponen a legislar el beneficio de la ciudadanía. La mala fama de los diputados está más que bien ganada, lo que no significa que no debamos advertir que esa tendencia hacia el anti-parlamentarismo puede dañar seriamente la construcción de una democracia de calidad.

Pero, ¿por qué es importante el Congreso? El Poder Legislativo es el equilibrio de un sistema presidencial. Sin diputados, no existiría la democracia. El Congreso se encarga de fiscalizar a los dos poderes, en la teoría política constituye los ojos vigilantes del interés público. No es casualidad que los dictadores, cuando quieren terminan con las instituciones democráticas, lo primero que hacen es desaparecer el Congreso. Borrar de un plumazo al Poder Legislativo. En el diseño institucional de la democracia, la asamblea de representantes es, por definición, el cimiento plural y diverso de nuestra sociedad, quien se encarga de plantarle cara a los excesos de los otros dos poderes, sobretodo el del Ejecutivo, que es unipersonal. El desprestigio del Congreso debilita su función de contrapeso y, por lo tanto, le permite al Ejecutivo utilizar su poder con mayor discrecionalidad.

Este primero de noviembre, comenzará la Legislatura 61. Los diputados que dejaron su cargo el día de ayer, arrojan resultados disímbolos. Por un lado, es innegable que el Congreso tiene finanzas sanas y la crisis financiera por la que atravesó el Congreso, hoy parece cosa del pasado. También es indiscutible, que los diputados salientes eliminaron gastos superfluos como las casas de enlace o los distintos apoyos en conceptos de telefonía o autos. Sólo un ciego, negaría que los diputados que se van, hicieron las cosas bien en materia administrativa. Sin embargo, ser diputado es más que sólo “cuadrar las cuentas”. La labor legislativa implica una serie de funciones en las que los pasados legisladores no salen tan bien parados. La calidad, de la mayoría de las iniciativas, sigue siendo paupérrima, de acuerdo al análisis y evaluación, elaborados por el Observatorio Legislativo del ITESO. No se avanzó prácticamente nada en materia de fiscalización, ni del gasto público, ni tampoco del ejercicio de funciones de los otros dos poderes. Y qué podemos decir de la tercera función del Legislativo, la de representar, ahí tampoco vimos ningún esbozo por acercar el Congreso a los ciudadanos.

Es en estos tres rubros en donde podemos encontrar los principales desafíos de la nueva Legislatura. En materia administrativa, quedan reformas por hacer, aunque la situación financiera del Congreso es estable. Falta dotar de autonomía a la Secretaría General para que no sea una instancia administrativa impuesta por cuotas partidistas; falta instaurar un servicio profesional legislativo que evite que la nómina sea llenada con favores de campaña, y falta desaparecer la Comisión de Administración, una segunda ventanilla que politiza, por naturaleza, las decisiones que tendrían que ser simplemente contables. Sin embargo, aunque son transformaciones institucionales que no se deben posponer, la realidad es que el reto, ahora es otro.

Fiscalizar


Es la labor más importante de un Congreso. La palabra “fiscalizar” es latina y significa “convertir dinero privado en activos públicos, controlados por el fisco”. Cuidar el dinero de los jaliscienses, supervisar la forma en la que gasta el Ejecutivo, y también el Judicial, es fundamental para entender la función de contrapeso del Congreso. Lo que hemos visto desde la Legislatura 57 al menos, es una lamentable abdicación de los diputados de esa función. Ya no diría abdicación, sino renuncia a fiscalizar al Gobierno del Estado y a los municipios. Lo que tenemos, en la práctica, es un uso partidista de la revisión de las cuentas públicas. La Comisión de Vigilancia funciona como un espacio de negociación en donde se aprueban las cuentas públicas a cambio de favores políticos, a cambio de lealtad partidista, excluyendo la rendición de cuentas inherente a la labor de los parlamentarios. Es el uso político de la fiscalización, la perversión de una de las funciones esenciales al Poder Legislativo.

Y no todo se reduce a las cuentas públicas, las aprobaciones de los presupuestos nos hablan de la baja calidad de los legisladores. En el mejor de los casos, los diputados negocian prebendas y canonjías para llevar a sus distritos, o hacer una carretera para satisfacer la demanda de algún ambicioso alcalde. En el peor de los casos, los diputados negocian acuerdos personales, o de grupo político, para aprobar la Ley de Egresos de cada año. Sobre la mesa, no se plantean ni criterios para observar y analizar el gasto de los gobiernos, ni tampoco controles que eviten su despilfarro. Jalisco gasta más de 90 mil millones de pesos, y los diputados tras aprobar las partidas del siguiente año fiscal, se desentienden por completo de la calidad del gasto. Lo ha probado con datos sobre la mesa, el consultor Luis Carlos Ugalde: la baja calidad del gasto público está directamente relacionado a lo perverso del proceso legislativo. No por nada, los presupuestos salen por unanimidad; “la cobija” siempre ajusta para subir a todos al barco. El auditor se quedará en su asiento hasta 2017. Ningún coordinador parlamentario con fuerza en el Congreso, ni Ismael del Toro de MC, ni Hugo Contreras del PRI, y tampoco Miguel Monraz del PAN, están comprometidos a buscar un atajo jurídico para que Alonso Godoy Pelayo enfrente a la justicia por sus escándalos.

Representar

La naturaleza de un Congreso es llevar la voz de los ciudadanos a las instituciones de Gobierno. Es ahí, en este punto en específico, en donde la desafección parece ser más honda. Está roto el canal de diálogo entre representante y representado, una total ruptura entre los ciudadanos y aquellos que toman decisiones en el Congreso. No existen ni mecanismos para buscar una auténtica rendición de cuentas, ni tampoco voluntad de los diputados para informar de los debates y las decisiones que se toman en el Poder Legislativo. Esto nos ha llevado a que México sea, en América Latina, el país que menor aprecio tiene por sus legisladores. Al diputado, lo máximo que se le ocurre es hacer un informe, casi siempre sin preguntas de los ciudadanos, y sólo si tiene ambiciones electorales a corto plazo.

Reestablecer dicho vínculo de representatividad pasa por transformar al Congreso en un espacio de permanente rendición de cuentas. Sacar de la oscuridad todas esas decisiones que se toman en la Junta de Coordinación Política o en los despachos del Poder Legislativo. Abrir el Congreso a transmisiones en vivo para los ciudadanos, que las sesiones del pleno y las comisiones sean públicas, que la transparencia nos permita saber con claridad el status de las iniciativas y que cada diputado esté obligado a informar a su distrito de los avances en su programa de iniciativas. Rendir cuentas es explicar, algo que los diputados dejaron de hacer hace buen tiempo. Plataformas como el “3 de 3” serviría también para que los ciudadanos sepan que sus representantes públicos no se enriquecieron durante el cargo.
Es cierto que nuestra marcada cultura política presidencialista explica en parte la desafección hacia el Congreso y hacia los parlamentarios. Sin embargo, el desprestigio del Poder Legislativo surge de una deriva hacia la opacidad y la corrupción, que no se ha detenido en los años de la alternancia. Nuestros diputados ni legislan bien, ni fiscalizan bien, ni representan bien. Fallan en las tres funciones que justifican su presencia en un sistema de equilibrio de poderes. Y si a esto le añadimos, la corrupción que surge de los “moches”, las cuotas para designar cargos públicos, las negociaciones donde el diputado lleva su comisión o la brújula partidista que guía muchas de las decisiones de los diputados, entendemos por qué es tan complicado reestablecer el prestigio de la figura legislativa. Hoy comienza una nueva Legislatura, ya sin problemas económicos, pero con mucho por hacer para la construcción de un Congreso eficiente y representativo.

Notas del Tema: Enrique Toussaint Orendain

CRÉDITOS: EL INFORMADOR / OCV Nov-01 01:50 hrs

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