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“Se le acercó a Jesús un leproso...”

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Aquel hombre alcanzó la gracia de no continuar arrastrando sus dolencias y soportando la soledad. ESPECIAL

  • Era la lepra un terrible mal. Cargaba con una doble desgracia quien sufría esta enfermedad
  • Estas palabras del leproso a Cristo, breves, directas, cargadas de fe, bastaron para que se le concediera la dicha de volver a estar sano. Tuvo noticias de Cristo poderoso, misericordioso, y valiente se le acercó

 Era la lepra un terrible mal. Cargaba con una doble desgracia quien sufría esta enfermedad: su cuerpo, lleno de repulsivas llagas purulentas,  se iba cayendo en pedazos, y el leproso era puesto fuera de todo contacto con los sanos.
     Por una ley muy cruel, el leproso era segregado, obligado a ir lejos incluso de los suyos. En el libro del Deuteronomio aparece esa ley para el pueblo de Israel.
     De igual manera trataban otros pueblos a los leprosos. Inglaterra los desterraba a la isla de Molokai. en el archipiélago de Hawaii.
     Un gran triunfo de la ciencia médica moderna fue curar la hasta entonces incurable lepra. Ya no hay en Guadalajara leprosarios como el del Padre Bernal, y no es frecuente ver la imagen desgarradora de los leprosos.
     Ahora se empeñan los entregados a las ciencias médicas, en conocer y curar el sida, para bien de la humanidad.
     Pues bien, San Marcos nos hace saber que un leproso con el peso de su enfermedad y con la desdicha de estar exiliado de los suyos, se le acercó a Cristo .

Una realidad de la que nadie escapa

     Ha conseguido el hombre del siglo actual, acortar velozmente las distancias, y tal vez hasta llegue a poner su planta en otros planetas.
     Ha manejado diversas técnicas para aligerar el esfuerzo que antes el enfermo lograba con sus débiles músculos; ha multiplicado los recursos para hacerle la vida “más confortable”.
     Ha alargado un poco el ciclo vital, y aún ha suavizado muchos dolores físicos.
     Pero no ha podido evitar todavía que broten lágrimas, ni suprimir el dolor que las motiva.
     Llorar es un verbo que todos conjugamos. El llanto y la risa son privilegio exclusivo del ser humano. Porque piensa, sufre, y el dolor y la certeza de su propia muerte van siempre a la par del desfile de sus días.
     Ante la presencia permanente del dolor, los hombres, en distintas etapas de la historia de la humanidad y ante las diversas culturas, han respondido de una manera u otra, pero nadie ha podido quitar ese incómodo vecino.
     Los griegos, profundos pensadores, reconocieron ante el dolor sus propias limitaciones y no pudieron, como los estoicos, domarlo como se doma una fiera brava, ni tampoco ignorarlo como los epicuristas --con algo de voluntaria ceguera--, al proclamar “comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
     En otras culturas el dolor es, sencillamente, lo inevitable y sin remedio.

El dolor, ante todo, es un gran misterio      

      Misterio es algo inaccesible a la razón humana; es algo que no se puede comprender o explicar.
     ¿Por qué, si Dios es amor, hay tanto dolor en la tierra? ¿Por qué son muchas veces los débiles, los niños, los inocentes, los más agobiados por el peso de los sufrimientos?
     No Dios, sino el hombre, fue y es el causante del dolor, porque el dolor llegó porque el hombre desobedeció y pecó.
     No fue el hombre creado para sufrir; el dolor es fruto amargo del pecado: como la sombra sigue al cuerpo, la pena sigue a la culpa.
     “Nunca puede faltarnos el fuego de la tribulación, porque nunca estamos libres del pecado”, dice San Juan Crisóstomo.
     “Todos padecen trabajos, porque el padecer es debido a la culpa y todos nacen en ella”, afirma Fray Luis de León.
     Muchos, bajo la apariencia de felicidad, ocultan grandes sufrimientos.

El sufrimiento es camino para ir a Cristo

     El estado lastimoso en que se encuentra el hombre, su enfermedad y su soledad, iluminan su mente y siente que si no encuentra auxillio en los hombres, lo tendrá en Dios.
     Así, en medio de placeres, cuando todo parece sonreír, el hombre no piensa que eso se acabará. Profundamente dormido en el pecado, pasa días y años sin pensar en el verdadero sentido de la vida.

“Recuerda el alma dormida,
revive el rico y despierta
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando”.

     Son almas dormidas, hasta que un día una pena, un problema, las levanta del sueño. El Santo Cura de Ars, San Juan María Vianey, escribió: “Las contradicciones nos ponen al pie de la cruz y la cruz es parte del cielo”.
     Fulgencio Raymond, médico y fisiólogo francés, dejó escrito esto: “Las mejores circunstancias para madurar un hombre, son las adversidades”.

Las tribulaciones son camino de santidad

     Es larga la lista de hombres y mujeres que por el camino de la cruz alcanzaron la santidad. No el momento luminoso de los mártires que merecieron la palma y la corona, al recibir, en estos tiempos, la descarga de los fusiles, o al caer devorados por las fieras en el Cico Romano, en los primeros siglos del cristianismo.
     Ellos han sido héroes, han dado un sí a Cristo en un momento. Pero también ha habido otros héroes con un sí de días, de años de sobrellevar en silencio la cruz de sus sufrimientos.
     San Francisco de Sales escribió: “Esta ciencia --la de saber cargar la propia  cruz-- es la ciencia de los santos; con ella, sufrir por Cristo es la ciencia de los santos; con ella, sufrir por Cristo es la ciencia que no consiste en hacer grandes cosas, sino docilidad a la voluntad divina e ir sencillamente por donde la mano de Dios señala.
     “No es más santo el que hace mayores obras, sino el que hace con más amor y más fidelidad lo que Dios le pide. Si le pide sobrellevar enfermedades y sacrificios, allí ha de dar frutos de santidad. La cruz es para los seguidores   
de Cristo. No se puede pensar en un auténtico cristiano, si no se ha llevado al hombro su propia cruz”.

“Sin cruz no hay gloria ninguna,
ni con cruz eterno llanto;
santidad y cruz es una:
no hay cruz que no tenga santo,
ni santo sin cruz alguna”

Lope de Vega

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”

     El Sermón de la Montaña es ocho proclamaciones de felicidad.    
     Bienaventurados es un vocablo compuesto del adverbio bien y el adjetivo aventurado.
     Son bienaventurados los que un día se echaron a la mar; levaron anclas, dejaron que el viento hinchara las velas, cuando  por fin --después de largas semanas de tempestades y luchas contra los vientos y los piratas--, llegaron a puerto con bien, tras la peligrosa aventura.
     “Confía en mi palabra”, señala el Señor a los que lloran.
     Las lágrimas que Cristo bendice son las que van íntimamente unidas a la esperanza. Toda pena es santa, si es accesible al consuelo del Reino. Felices los que lloran por Cristo, con Cristo y con sus miembros, porque Cristo enjugará sus lágrimas.

“Si tú quieres, puedes curarme”

     Estas palabras del leproso a Cristo, breves, directas, cargadas de fe, bastaron para que se le concediera la dicha de volver a estar sano. Tuvo noticias de Cristo poderoso, misericordioso, y valiente se le acercó.
     El fundamento decisivo de la esperanza es la misericordia de Cristo, y allí en Cristo, por su fe, aquel hombre alcanzó la gracia de no continuar arrastrando sus dolencias y soportando la soledad.
     Mas puso por delante la expresión “si Tú quieres”. A Dios se le ha de pedir. Hay quienes, en su oración, podría parecer más bien que están exigiendo o cobrando. La oración de petición ha de ser confiada, como la del leproso, y además humilde. El leproso pidió de rodillas --actitud humilde--, y dejó a la voluntad del Señor el resultado, que en el caso le fue favorable.
     En este breve pasaje del Evangelio de San Marcos están dos mensajes para el hombre del siglo XXI: El primero, entender como cristiano el misterio del dolor; y el segundo, cuando el dolor lleve a Cristo, saber pedir con fe y humildad como pidió el leproso.

Pbro. José R. Ramírez        

CRÉDITOS:

EL INFORMADOR / LNA
Feb-14 10:52 hrs

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