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El juicio de Jesús. FOTO: ESPECIAL

  • “¿Conque tú eres rey?”, pregunta Pilato. Jesús: “Tú lo has dicho, soy rey. Pero mi Reino no es de aquí. Mi Reino no es de este mundo”
  • Cuando ya está a pocas horas de morir, y él lo sabe; cuando está solo, prisionero, azotado, ante Poncio Pilato, gobernador romano, y ante una multitud enardecida en su contra, Cristo declara que es rey


     Cuando ya está a pocas horas de morir, y él lo sabe; cuando está solo, prisionero, azotado, ante Poncio Pilato, gobernador romano, y ante una multitud enardecida en su contra, Cristo declara que es rey. “¿Conque tú eres rey?”, pregunta Pilato. Jesús le contesta: “Tú lo has dicho, soy rey. Pero mi Reino no es de aquí. Mi Reino no es de este mundo”.
     La gran equivocación de muchos israelitas que esperaban la llegada del Mesías, fue esperar con él un reino con poder económico, político, militar. Un país pequeño, el de ellos, con un rey poderoso vencería a los pueblos vecinos, obtendría grandes beneficios materiales.
     Con su limitada visión sorprendida al ver al Mesías, al rey, entrar en Jerusalén, la ciudad real, montado en un borrico, posteriormente lo rechazaron enfurecidos y, unidos en una sola pasión, gritaron “¡crucifícale, crucifícale!”.
     Así debía acontecer: “Era Caifás el que había aconsejado a los judíos: conviene que un hombre muera por el pueblo. Profetizó porque era eL pontífice aquel año” (Juan 18, 14).
     Aconteció como estaba decretado en el plan divino. Desde lo alto del madero y con una corona no de oro, sino de espinas, Cristo inició un Reino espiritual distinto en su origen, en sus medios y en su fin, opuesto a las pretensiones y estructuras de los reinos temporales.

Reino de justicia

     La virtud siempre es atropellada. Los hombres y los pueblos continuamente reclaman justicia, porque siempre ha aparecido la figura siniestra del opresor.
     La justicia es --según la definición clásica-- la constante voluntad de darle a cada quien lo suyo, según su derecho.
     El fundamento de la justicia es el derecho y, por lo tanto, el bien común.
Tiene muchas manifestaciones, ya sea conmutativa, distributiva, retributiva, reivindicativa, vindicatoria o social; en cualquiera de éstas se pretende, se busca, se lucha, que cada uno de los hombres disponga de lo que le corresponde en el caminar por el tiempo, así como en lo espiritual, en lo intelectual, en lo familiar, en lo social , en lo ordinario y en lo material, que ha de ser la distribución equitativa de los bienes de la tierra.
     La justicia nivela, defiende, libera, sana. Con la justicia giran siempre otras virtudes: abarca la verdad, la observancia, la religión, la piedad.
     Ser justo es ser libre de codicia, de odio, de rencor.
     Cristo vino a establecer entre todos los pueblos de la tierra un Reino, en un mundo entregado a olvidos, negligencias, distracciones y caprichos, y al invitar a su Reino quiere que cada ser humano sea guardián de su hermano; o sea, que no se vea solo, sino parte de una gran familia en la que todos miren, velen por todos. Por eso San Pablo describió a la Iglesia, al Reino, como un cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Reino de verdad

     Cristo proclamó la verdad y así lo dijo ante Pilato. Él no era testigo de la verdad, ese fue el precursor Juan el Bautista. Cristo es la verdad, él mismo es la verdad.
     Esta proclamación expresa radical oposición al mundo, no como escenario donde se libran las cotidianas batallas. Mundo, en el sentido de enemigo del hombre, según aquello de que los enemigos del hombre son tres: demonio, mundo y carne. Mundo, como enemigo, es lo opuesto al Reino de Cristo, es tinieblas, es error, es pecado, y el Reino es luz, es verdad, es gracia para iluminar a los hombres con la verdad, y la verdad los vuelve libres con la libertad de los hijos de Dios; los hace entender, comprender y aceptar el misterio del Hijo de Dios, que es vida.
     El Reino de Cristo es el conjunto de recursos que da la fe para ir a luchar para alcanzar la salvación eterna, asunto el más importante para el hombre.

Reino de amor

     Cristo es el centro de la historia y del universo, y es el centro porque Cristo es amor.
     Cuentan los biógrafos de San Martín de Porres --aquel mulatito dócil mandadero en el convento dominico deLima, Perú--, que después de sus horas en afanes de cocina y aseo, iba y se sentaba a contemplar una imagen de Cristo clavado en la Cruz. ¿Qué le decía? ¿Qué escuchaba? Sencillamente: “Cristo me ama hasta entregarse a la muerte, y muerte de cruz? Me conoce y me ama. Es mi compañero en mis alegrías y mis pesares. Hombre se hizo como yo, y de él aprendo a aceptar el dolor y a vivir la esperanza. Él es fuente de agua viva porque es amor”.
     El mensaje del Antiguo Testamento, en diversos tiempos y circunstancias insiste en la majestad y el poder de un solo Dios. Era el pueblo escogido rodeado de otros pueblos, esos que daban culto  a tantos dioses, como actitudes humanas podían representar en sus divinidades por ellos creadas.
El culto al único Dios verdadero era de profunda adoración y gran temor. Cristo trajo el amor y al mismo tiempo la naturaleza humana; lo hizo por amor, y si se entregó a la muerte fue por amor, y por amor y para el amor fundó su Reino.

Reino de santidad

     Ha sido moda muy extendida en los últimos años, divulgar, comentar, exagerar, las lacras de algunos miembros de la Iglesia, singularmente de sacerdotes.
     Esto nada tiene de importancia, porque desde que Cristo fundó el Reino lo hizo con pecadores y pecadoras. Siempre ha habido manifestaciones ciertas de pecados, de escándalos, de codicia y de lujuria.
     ¿Y eso es el Reino? ¿Esa es la Iglesia? Cristo, el Maestro, lo dejó manifiesto en una de las parábolas del Reino.
     Los trabajadores llegan un día a comunicarle al dueño del sembrado, que ha brotado, no saben por qué, junto al trigo, la cizaña. El dueño del campo no se alarma. Así la Iglesia es campo propicio para ver el gozo de espigas mecerse al impulso del viento. Muchas más son las alegrías por los que han logrado la santidad. El día primero de noviembre en curso la Iglesia --el Reino-- festejó a los triunfadores --esa es la Iglesia triunfante-- y animó a la Iglesia militante --los que aún peregrinan-- a luchar, ser intrépidos y alcanzar dentro del Reino terreno al Reino eterno.
     Santo es su fundador, santa su doctrina, santos sus medios, los sacramentos; la palabra, el ejemplo de los valientes. Reino de santidad.

Y en el Reino
siempre habita el Rey

     También acostumbraba San Martín de Porres, terminadas las faenas de rigor, hacer oración frente al Sagrario. Allí encontraba a Cristo. Un canto popular dice así:

“Jesús, aquí estoy.
Yo te vengo a ver
porque eres mi Dios,
porque eres mi Rey”

    “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta la consumación de los tiempos”.
Así lo prometió el Señor, y así ha gozado el pueblo cristiano de la presencia del Rey entre los suyos.
     Al terminar con esta fiesta el año de la Iglesia, el creyente se alegra porque en Cristo Rey y Señor del Universo tiene el aval de su esperanza, el centro de su caridad. Ha tenido a Emmanuel -- que significa Dios con nosotros-- todo el año.
     No es esta fiesta una evocación triunfalista -- “el Reino no es de este mundo”--; su realeza está por encima de los criterios y de los moldes sociopolíticos de los hombres.
     Su Reino, vinculado a Él en virtud de la redención, es de una trascendencia que lleva más allá de todas las aspiraciones meramente terrenas. Es realeza salvífica. Es el día de renovar el sacrificio redentor de Cristo Rey.

Pbro. José R. Ramírez 


CRÉDITOS:

EL INFORMADOR / LNA
Nov-21 13:59 hrs

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