Guadalajara, Jalisco

Martes, 9 de Febrero de 2010

Actualizado: Ago-14 03:12 hrs

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Martita en misa

FOTO: ESPECIAL

  • Por: José Luis Cuéllar de Dios

Aprender de ellos

Compartir la vida con Martita mi hija, una chica con retardo intelectual, me ha conducido a la convicción de que la discapacidad es como el amor, mientras más la conoces más te gusta. Son múltiples las vivencias sacadas de esta singular cotidianidad. Aquí comparto una de ellas: sábado, misa de seis en un templo que quizás por la fama que tuvo a bien crearle el carismático y perseverante padre Ríos -hace días falleció- se llena de “bote en bote”. “San rapidito” le dicen. San Enrique Emperador se llama. Las misas que el padre Luis oficiaba en 20 minutos lo hicieron “muy taquillero”. A algunos les disgusta, allá ellos.

Con el inicio del santo rito arrancó el llanto, agudo y potente, de un bebé al que seguramente el calor le enfadaba. A éste le siguieron otros dos o tres llantos de niños, esporádicos, pero igual de sonoros. Los fieles, mostrando sabia tolerancia, en pocos minutos se acostumbraron a la situación, no así Martita que como parte de su condición de discapacidad se desespera cuando no evitan el llanto de los niños: ¡Asístanlos que algo tienen! pareciera decir.

Mi hijita soportó sólo 15 minutos. Como reacción provocada por su misma discapacidad lanzó un grito a manera de reclamo eufónico que cimbró el templo. Sentí mil miradas al acecho, miradas de las mismas personas que toleraban el llanto de los bebés. Después de 30 años me he acostumbrado a estas situaciones: les he dado en llamar momentos auspiciosos que conducen a oasis metafóricos. Contemplación contrita sin ánimo contrito. Las miradas se acompañaron de la risa forzada, en algunos, un aparente malestar en otros y muecas de interrogación en los demás.

La situación me condujo, inevitablemente, pero de muy buen humor, a explicaciones y cuestionamientos ¿será que el grito de Martita fue símbolo de un empate técnico? ¿Será que como sociedad debemos tratar más de cerca la discapacidad para comprenderla y juzgarla? Seguramente el énfasis distinto que a cada caso se dio: el llanto de los bebés, el grito de Martita, habla del desconocimiento que se tiene de este colectivo. Reacción un tanto virulenta que se convierte en hecho revelador que, por lo pronto, atropella el discurso, social y oficial, de que en el tema de la tolerancia hacia la discapacidad se avanza. Zafia actitud discriminatoria que echa por tierra muchas ilusiones. Soflamería alrededor de la tolerancia. ¿Por qué la discapacidad no abreva en los mismos ríos de generosidad y paciencia en los que abrevan otros colectivos, en este caso el de los bebés?

Era explicable que el grito de Martita llamara la atención, sin embargo de las mil miradas originales quedaron, hasta la bendición final, quizás 500 que en ningún momento dejaron de ver a Martita. Pensé que también Dios, al que vamos a honrar cada ocho días, disfrutó la anécdota con divino buen humor. Reticencia por desinformación habrá concluido el Creador. Por cierto y para terminar, sólo faltó decirles que al grito de Martita el llanto de los bebés desapareció milagrosamente. El poder omnipresente de la discapacidad. Amén de los amenes.
CRÉDITOS: Informador Redacción / PEPR Ago-14 03:12 hrs

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