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Nuestra actitud ante la muerte

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  • “Si de algo podemos estar seguros en la vida, es de nuestra muerte”
  • De lo que podemos observar a nuestro alrededor, las actitudes de los seres humanos ante esta realidad y destino inevitables, son muy variadas

     “Si de algo podemos estar seguros en la vida, es de nuestra muerte”; y no se trata de ninguna paradoja, ni juego de palabras, sino de una contundente e ineludible realidad: todos tenemos que morir, y moriremos algún día.
     De lo que podemos observar a nuestro alrededor, las actitudes de los seres humanos ante esta realidad y destino inevitables, son muy variadas. Hoy quisiera invitarlos a fijarse en tres de ellas, no porque sean las más importantes, sino porque, para mí, dos de ellas son las más comunes, y la tercera no lo es tanto; sin embargo, estoy convencido de que esta última debería ser la prevaleciente para los que creemos en Jesucristo y en su Palabra.
     La primera de ellas es la del miedo, mas no un miedo al que podríamos calificar de “normal” para cualquier ser humano, sino uno que llega al extremo del pavor. El miedo normal se produce principalmente ante lo desconocido, ante lo que viene después –si es que creemos que algo vendrá después de la muerte-, ante lo que enfrentaremos; también el miedo al dolor que habrá que enfrentar, y el de dejar todo lo que amamos en esta vida: seres queridos, tal vez posesiones y una vida cómoda.
     El pavor --que, según el diccionario, es un temor o un miedo con espanto o sobresalto-- suscita en la persona una forma de vida de constante inquietud, desasosiego, preocupación persistente; en pocas palabras, una falta de paz interior, que transforma el carácter, lo amarga, lo endurece y llega a hacer de la persona un ser intratable, violento y puede caer en una neurosis. Todo ello provoca un estilo de vida por demás anticristiano, no sólo en su propio ámbito, sino también en su relación con los demás, especialmente con los más cercanos, los más próximos, los prójimos.
     La segunda actitud es una que, contrapuesta a la anterior, se ha infiltrado y  ha tomado mucho peso en nuestra cultura cristiana, a raíz de una sobrevaloración del don de la vida, que si bien de suyo es uno de los más grandes y excelsos dones del Señor –tan importante, que sin él no tendríamos ningún otro-, no es un don absoluto como muchos lo asumen, ni mucho menos atribuible a nadie más que al mismo Dios, quien lo da a quien quiere y cuando quiere, y lo quita en la misma forma.
     Olvidan, quienes así piensan, que el único absoluto es Dios, el Dios de Jesucristo, el creador del Universo y de todos los seres animados y, por lo tanto, dueño de todo lo que existe: minerales, vegetales, animales y seres humanos; por lo tanto, nada puede haber más grande y valioso que el mismo Dios, por lo que la vida queda en un valor relativo.
     Pues bien, ante esa actitud surge otra, que finalmente afecta  la vida y la fe de los bautizados que llegan a pensar así: es la indiferencia ante la muerte, o peor aún, la creencia de que ellos morirán cuando ellos lo decidan, y por lo tanto viven una vida al margen de Dios.
      Llevados por esa y otras doctrinas más que han invadido nuestro medio,  sólo ante lo urgente o lo irremediable invocan a Dios, cuando así pueden y quieren hacerlo; mientras tanto, su vida es vacía y por lo tanto privada de la verdadera felicidad, que sólo en una relación estrecha con ese Dios que es Padre, todo amor, bondad, misericordia y plenitud, se puede alcanzar.
      La tercera, que es la actitud ante la muerte que deberíamos asumir todos los bautizados, es la de esperanza, de gozo y de agradecimiento ante ella, pues, como dice el prefacio de la Misa de difuntos: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”; y como afirma san Pablo en su carta a los Romanos 14, 7-10: “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor, vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.  Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven”.
     De esta manera podemos ver y vivir totalmente distinto a como tal vez la hemos vivido, la fiesta de los fieles difuntos que hoy conmemora la Iglesia,  con el debido respeto para las tradiciones, tanto las que tienen su origen en la fe cristiana, como las que no lo tienen, aunque no comulgamos con las segundas.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

CRÉDITOS:

EL INFORMADOR / LNA
Nov-01 08:41 hrs

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