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Cristo Redentor. Foto: Especial

  • El cristianismo de Roma padeció diez muy crueles persecuciones y llenó el calendario cristiano con el florilegio de muchos mártires
  • Los ciudadanos de la Roma pagana del primer siglo tenían un gran espectáculo: acudían al Circo Romano y gozaban lanzando gritos de emoción, cuando un tigre hambriento se abalanzaba contra una indefensa doncella cristiana

    Los ciudadanos de la Roma pagana del primer siglo tenían un gran espectáculo: acudían al Circo Romano y gozaban lanzando gritos de emoción, cuando un tigre hambriento se abalanzaba contra una indefensa doncella cristiana y se bañaba con su sangre.
    Frenéticos aplaudían cuando veían morir a niños, hombres maduros y hasta ancianos, entre las fauces de las fieras.
    El cristianismo de Roma padeció diez muy crueles persecuciones y llenó el calendario cristiano con el florilegio de muchos mártires, papas, obispos y también soldados, vírgenes como Inés y Cecilia.
    Así creció fecundada la Iglesia. Tertuliano (160-246), padre de la Iglesia por su sabiduría, dejó esta frase ahora célebre: “Mátenos, la sangre de los mártires es semilla de cristianos”.
    Y ha habido historiadores o filósofos de la historia que al comparar las etapas de la Iglesia dijeron: “Más creció la Iglesia en la terrible persecución del emperador Diocleciano, que en la dulce paz de Constantino”.
    Así les tocó dar el testimonio. La palabra mártir significa ser testigo.

Testigos en veinte siglos

    Al correr de los años hasta este siglo XXI, la Iglesia, el pueblo de Dios, ha dejado el testimonio de Cristo en mil maneras.
    Se da testimonio con el acto valiente en el momento en que se cae víctima de una fiera, o al recibir el impacto de las balas, o pendiendo de una cuerda desde la rama de un árbol.
    Mas hay otros héroes, con el testimonio de una vida entera de fidelidad en el amor a Dios y al prójimo.
    Es grato a los ojos de Dios el testimonio de quienes, por amor, aceptan su estado, sus condiciones de vida.
    En unas vacaciones de verano, unos seminaristas visitaron en un rancho lejano a una señora que llevaba largos veinticinco años sin salir de su cuarto, con una artritis muy dolorosa. Los seminaristas entraron en conversación con ella y la agobiaron con preguntas curiosas e ingenuas, como qué tan intensos eran sus dolores, si sufría mucho, si se quejaba mucho. Les respondió: “Al principio no me hacía el ánimo, me desesperaba y renegaba constantemente. Un día Dios me iluminó, me señaló que con mis sufrimientos tenía que dar testimonio de mi fe, que era mi cruz y que era una manera de oración para pedir por otros; también por ustedes, para que sean sacerdotes santos”. Y los seminaristas comentaron: “Hemos encontrado una santa”.
    Muchos --más de los que la mente puede abarcar-- dan testimonio con su vida, oculta a los ojos de los hombres, pero manifiesta, patente a la mirada de Dios.
    Cuando a Cristo le preguntó un fariseo que cuál era el mayor de los mandamientos, el Señor le respondió que el amor era mayor, en dos direcciones: vertical, hacia arriba, hacia Dios, y horizontal. Quienes viven ese mandato, cualquiera que sea su condición --sacerdote, laico, soltero, casado--, están dando testimonio.

Testimonio con la vida

    En este siglo XXI, con sus particulidades --secularización, un materialismo tan extendido, un hedonismo dominante; con el dominio de la imagen que generan la televisión, el cine, el internet; con esa prisa, esa irreflexión y ese contentarse con lo inmediato, para luego cambiar a otro interés--, poco lugar queda para la reflexión.
    Y más todavía: qué difícil es creer, qué difícil es ser cristiano. Nunca ha sido fácil, porque es tomar una actitud valiente ante la propia existencia, el propio destino, el sentido profundo de responder ante las grandes interrogantes: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, y responder con una luz que nace no de la ciencia, no de un raciocinio filosófico, sino de el aceptar que Dios ha hablado al hombre, que le ilumina, que le abre los ojos del alma para entender su breve paso por el tiempo y su destino eterno. Es la fe en Cristo la única respuesta.

En Cristo, todo tiene sentido

    El que ha aceptado el mensaje cristiano y se esfuerza en vivirlo cada día, ha encontrado la paz interior: “El que me sigue no camina en tinieblas”, ha dicho el Señor.
    Un hombre que muchos años vagó por las sendas fáciles o tortuosas de los vicios, y tiene un día la gracia de encontrar a Cristo, así se expresó: “Desde ese día mi alma se dilata; mi fe me confirma en la bondad de los hombres; se afianza para mí el sentido de la existencia; mi fe me ayuda a trascender lo inmediato; me ayuda a superar la expectación; espero la recompensa de todo esfuerzo y siento que en cuanto hago, es mayor lo que se me entrega; mi fe me alivia de toda tensión, humaniza mis palabras, mis relaciones, mis actitudes; mi fe me hace gustar de la libertad profunda de cada persona; así entiendo que cada criatura tiene, ocupa, su lugar en el mundo; y por último, desde que creo he entrado en armonía con la creación”. ¿Qué le falta? Agradecido por haber encontrado a Cristo, ser testigo ante los demás de ese tesoro que él recibió.

“No teman a los hombres”


    Con estas palabras inicia el Señor su enseñanza de este día. Es un llamado a la confianza.
     “La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”, dice San Agustín.
Y los obispos del Concilio Vaticano II (1961-65) dijeron: “La Iglesia está fortalecida con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo su esplendor al final de los tiempos” (Lumen Gentium 8).      

La obra de Cristo trasciende el tiempo y el espacio

    Nuestro Señor Jesucristo solamente predicó en tres años, espacio ciertamente muy corto en la historia de la humanidad; solamente se dejó ver y oír en tres regiones muy pobres y pequeñas de Asia Menor: Judea, Galilea y Samaria. A pesar de su divina grandeza, todo reducido a tiempo y espacio muy limitados.
    Mas su obra a través de sus testigos se ha prolongado, y seguirá por todo el mundo y en todos los tiempos.
    Ha continuado Cristo en su Iglesia, su Reino, que no es una edificación material, sino que está formado con piedras vivas, las que han vivido fuertemente su fe en Cristo presente, oculto y operante; los que han vivido la esperanza y han confesado a Cristo delante de su Padre y han vivido el amor, y algunos hasta derramar su sangre. Así se ha extendido la obra de Cristo.
    La Iglesia debe estar en cada creyente. Ese es el cristianismo heredero de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Moisés. Ese es el pasado glorioso y la Iglesia es el presente y el futuro.
    Al cristiano se le confía la misión de seguir proclamando la Buena Nueva con su palabra, con el testimonio de su vida y siempre en lucha por hacer habitable la tierra, crear un mundo mejor y más justo, con las armas de la justicia y el amor.
    La confianza en Dios es coraza irrompible, indestructible. Quien es capaz de dar testimonio, vive siempre con la mirada en la altura y siempre con la esperanza, no en los hombres, sino en Dios, que a nadie defrauda.

Pbro. José R. Ramírez       

Notas del Tema: Fe.

CRÉDITOS:

EL INFORMADOR / LNA
Jun-21 14:39 hrs

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