Guadalajara, Jalisco

Jueves, 24 de Julio de 2014

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San Martín de las Flores, tierra de antaño

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El templo de San Martín de las Flores, original del siglo XVI, es uno de los legados arquitectónicos más antiguos. ESPECIAL

  • Lucha por el legado ancestral
  • El poblado es una isla de la Zona Metropolitana de Guadalajara con una larga historia de esfuerzos para resistirse a la homogeneidad cultural

El poblado de San Martín de las Flores de Abajo es una de las delegaciones con mayor superficie de Tlaquepaque, con una superficie de dos millones 559 mil 898 metros cuadrados. Cuenta con 14 mil 163 habitantes: siete mil 28 hombres y siete mil 135 mujeres. La mayor parte está en la etapa productiva, entre los 19 y 59 años.

Su ubicación, en una gran hondonada, hace que tenga un clima más cálido que el resto del municipio; está rodeado por varias elevaciones que lo impregnan de un pintoresco paisaje sinuoso (al Norte está el Cerro de Los Zapotes; al Oriente, La Cruz; al Noroeste, Chimulco, y al Suroeste, Tepisque. También los veneros y riachuelos han sido parte importante de su fisonomía).

San Martín de las Flores es una isla dentro de la Zona Metropolitana de Guadalajara que se resiste a la homogeneidad cultural, y su comunidad lucha por conservar y continuar con los elementos de su idiosincrasia, legado ancestral. Se encuentra tan cercano a la capital tapatía y a la vez aislado por su ubicación geográfica y por ser un pueblo primero indígena y luego mestizo que, por siglos, permaneció casi en abandono. Ello forjó el carácter aguerrido de sus pobladores.

La presencia del hombre en esta localidad se remonta al periodo preclásico tardío, correspondiente al lapso entre los años 400 antes de Cristo y el 200 de nuestra era. A este espacio se le conoce como tradición “tumbas de Tiro” o “Teuchitlán”, el cual se prolongó hasta el clásico temprano (200-600 d.C.); se caracterizó por las ofrendas depositadas en las tumbas excavadas a varios metros bajo tierra, cuyo acceso es un estrecho tiro cubierto por grandes lajas.

En los cerros de La Cruz y Los Gatos, los pobladores descubrieron “tumbas de tiro” cuyas ofrendas fueron saqueadas clon los años, y con ello se perdió parte de su legado.

Los mejores exponentes de los vestigios del periodo prehispánico se ubican en el Museo del muelle Branly, en París, Francia, donde se localizan en su colección de antigüedades de América del Norte, tradición del Occidente, piezas prehispánicas identificadas como originarias de San Martín Tlaxicoltzingo, Jalisco. Fueron donadas por León Diguet, procedentes de la colección del Museo del Hombre.

En ese catálogo aparecen 144 objetos, entre ellos pendientes, gargantillas, fragmentos de cuchillos de obsidiana, figuras antropomorfas y zoomorfas en barro, así como vasijas y cajetes de este mismo material y hachas de doble garganta en piedra. Esta información y fotografías de esta colección están en posesión del arqueólogo Otto Schöndube, investigador del Museo Regional del INAH en Guadalajara.

Tlaxicoltzingo


No se conoce con certeza el segundo momento de la presencia humana en el antiguo pueblo de San Martín de las Flores o Tlaxicoltzingo. Este último nombre es el menos conocido y su toponimia en náhuatl significa “Lugar en donde abundan las abejas o la cera”; pero en el siglo XVI estaba de nueva cuenta habitado por cocas, de quienes se tiene noticia a través de las crónicas de soldados españoles (al mando del capitán Nuño de Guzmán) en la expedición de conquista del Reino de Tonallan o Tonalá, quienes, antes de llegar a este sitio para entrevistarse con la reina Cihualpilli Tzapotzintli, pernoctaron el 24 de marzo de 1530 en las cercanías de Tlaxicoltzingo, en donde el heraldo de la soberana les informó que los recibiría en paz, ya que era un paso obligado de una ruta comercial prehispánica.

Entre los relatos de este momento que cambió el curso de la historia del reino tonalteca está el del soldado Gonzalo López, quien argumentó que fueron a su encuentro varios principales que los proveyeron de tamemes, quienes los guiaron hasta Tonalá, y que “dormimos aquella noche en un despoblado donde cierta gente de acaballo trajeron dos ú tres indios, que dijeron ser de Tunala”, y al día siguiente llegaron a esta población; esta misma crónica la asentó en su informe Juan de Sámano.

La conquista espiritual y temporal del territorio del reino de Tonalá, del que dependía Tlaxicoltzingo, se inició después de la memorable batalla en el Hictépetl o Cerro de la Reina el 25 de marzo de 1530, y con ello se dio inicio al periodo de colonización ibérica. San Martín de las Flores, que recibió el nombre de su santo patrono por los evangelizadores, quedó sujeto al pueblo de Santiago de Tonalá; del primero se separó en la segunda mitad del siglo XIX y se anexó a San Pedro Tlaquepaque; por el segundo, en 1970 se constituyó en parroquia.

La propiedad de la tierra del pueblo en el periodo colonial fue protegida por la Cédula Real de 1532, en la que se reconoció la posesión legal a los pueblos de indios y con suficiente suministro de agua y tierras para su sustento, respetando el derecho a las vías libres de comunicación. Hacia 1540 quedaron separadas las residencias de españoles e indígenas para evitar abusos de los primeros.
En el caso de San Martín de las Flores se expidió merced real del fundo legal de las tierras el 29 de marzo de 1547, estando en el trono español Carlos V. Este documento mecanografiado fue localizado en el Archivo General Agrario en Guadalajara, en una transcripción del original que está extraviado.

“Fundo legal”


A partir de 1567, la Corona española estableció a través de una ordenanza que los pueblos de indios tendrían de manera formal la posesión de sus tierras, conocido como “fundo legal”, con un mínimo de 500 varas de tierra (una vara equivalía a 0.84 metros) por cada viento o los cuatro puntos cardinales, pero en 1687 aumentaron a 600.

Fue hasta 1754 cuando se registró el título de las tierras comunales del pueblo de San Martín de las Flores, jurisdicción de Tonalá, con el propósito de que los pueblos y fincas vecinas no invadieran su territorio, ya que esta situación fue frecuente con el pretexto del desconocimiento de los linderos, que los ampararan legalmente.

Tal acto estuvo a cargo del licenciado Francisco Feijoo, juez privativo de la Real Audiencia de Guadalajara, labor que realizó en 1739, y Juan Manuel de Salceda se encargó de amojonar los linderos y entregar las medidas al alcalde en turno; este último murió sin declararlas, por lo que 15 años más tarde las autoridades de esta localidad las identificaron para registrar debidamente el título de sus tierras.

Reparto agrario y restitución de tierras

Ejidos, el cambio que llegó tras la Revolución



Con el triunfo de la Revolución Mexicana, que dio fin al Gobierno de Porfirio Díaz, hubo un cambio en la tenencia de la tierra para los sanmartinenses, quienes habían estado bajo la presión de las propiedades contiguas para despojarlos de tierras e incluso quedaron como jornaleros dependientes de ellos. Uno de los ideales de este movimiento fue el reparto agrario y la restitución de tierras a los pueblos de indios. Se implementó el ejido como una vía para que los campesinos sin tierras accedieran a ellas, despojando a los latifundios de sus grandes extensiones. Ésta fue una medida que de alguna manera reguló la crisis entre los pobres.

El 4 de noviembre de 1924, la Comisión Local Agraria dio por concluido el trámite de la constitución del Ejido San Martín de las Flores y dotó a 489 individuos, a los cuales se les daría una parcela de 3.5 hectáreas. Dos años más tarde se realizó un nuevo censo y se consideró que solamente 460 posesiones se darían de este ejido, que incluía a jefes de familia y varones mayores de 18 años. La posesión provisional fue el 26 de agosto de 1926. Los vecinos poseían 266-86-00, a lo que se sumaron 1,577-14-00. En total, la comunidad quedó comprendida con una superficie de 1,844 hectáreas de tierra.

Entre 1960 y 1970 surgió un movimiento campesino que intentó restituir las tierras de lo que fue el fundo legal del pueblo de San Martín de las Flores, otorgado en el siglo XVI por la corona española. Se trataba de la Comunidad Indígena, cuyos representantes eran Matilde Rivera, Ángel Elvira y Gertrudis Ramos, y tenía como fundamento copias del título de tierras mediante el cual trató de recuperar parte de esos terrenos comunales. El reparto de parcelas fue mínimo (rumbo al Aeropuerto y donde están el hotel El Tapatío, la colonia El Órgano o La Agüita). Lamentablemente esta acción no prosperó y se disolvió por falta de una dirección consolidada. Actualmente el ejido cuenta con 302 beneficiados, y el Comisariado Ejidal, una figura que tiene peso en la comunidad, se renueva cada tres años.

Por lo tanto, en San Martín la tenencia de la tierra se divide entre el ejido y la pequeña propiedad; tiene como principal actividad económica la agricultura, seguida del comercio, pero destaca la profesión de profesores normalistas y músicos.

Los monumentos históricos que conserva son pocos, ya que, como pueblo de indígenas, no siempre se edificaban grandes obras; sin embargo, hay testimonio de edificios de los primeros años de la conquista española, y de la Colonia se cuenta con los de carácter religioso.

Los primeros edificios construidos por los evangelizadores franciscanos y agustinos fueron el hospital de indios y su capilla anexa, edificados en el siglo XVI, administrados por la Cofradía de Nuestra Señora de la Concepción. Más tarde, hacia el Suroeste se edificó el templo del Ministerio de la Encarnación, cuya obra concluyó en 1717, y enfrente el camposanto; estuvo en servicio hacia mediados del siglo XVIII, cuando los pobladores y el párroco de Tonalá iniciaron la obra de un recinto más amplio al Norte de éste, que es la actual sede de la parroquia de San Martín de Tours, que se ostenta como un majestuoso santuario.

El hospital de indios y su capilla estaban en el sitio donde actualmente está el edificio de la delegación municipal. Desaparecieron a raíz de la aplicación de las Leyes de Reforma, que suprimió las cofradías y hermandades, cuyos bienes pasaron al Gobierno. El templo del Ministerio de la Encarnación está protegido por el INAH y alberga la biblioteca estatal Sor Juana Inés de la Cruz, destacando su portada barroca. En la primera mitad del siglo XX, el camposanto fue trasladado extramuros del pueblo, y este espacio fue destinado como atrio y plaza pública y se trazaron calles en su entorno.

Al final del siglo XVIII, la administración de la parroquia de Tonalá pasó del clero regular al secular. Fray Cecilio Antonio Caro Galindo fue el último cura agustino y la entregó a Diego Aranda y Carpinteiro, quien fuera más tarde obispo de Guadalajara. Pero la situación de la visita a los pueblos de esta jurisdicción siguió casi igual o tal vez más abandonados. San Martín sufrió la desatención constante en materia espiritual. Pero, al concluir el siglo XIX e inicios del siguiente, el párroco Jaime de Anesagasti y Llamas trató de subsanar esto, y en su reporte de la visita que realizó en 1901 manifestó que en “el gran pueblo de San Martín” había dos mil 200 habitantes.

Hacia la década de 1930 se hizo presente en la población la iglesia anglicana, a cuyos miembros se les dio prioridad en el reparto ejidal. Y desde entonces comparte con el catolicismo la atención espiritual de los sanmartinenses, conviviendo sin rivalidad; su sede, El buen Pastor, se ubica a un costado de la delegación y muy cercana a la parroquia de San Martín.

El origen y el devenir histórico de San Martín han marcado a sus habitantes. Es una localidad impregnada de ritos, tradiciones y festividades, muchas de las cuales se remontan a tiempos prehispánicos. La cultura popular sanmartinense es parte de una colectividad que se niega a perderse en la enorme urbe al noreste de su población y que, en estos tiempos de constante cambio y de modernidad, se repliega para que no mueran y que trasciendan en el tiempo.

Gastronomía y festejos


Hay tradiciones de San Martín de las Flores que se comparten en la vida cotidiana, como acudir y vender en el tianguis, con sus guisos de antaño y comestibles casi en extinción, y no se diga de las coloridas flores que perfuman la vía comercial. Pero, además de la gastronomía y la música antigua y moderna, pero popular, la población cuenta con diversas danzas y rituales ligados a la religiosidad popular: las Pastorelas, el Carnaval con sus Pinoleros y los zapateados de los Viejos Nuevos y los Viejos Rotos, la Judea y la Cuereada, las Procesiones, las Danzas de Morenos, Aztecas y Apaches, algunas otras ya desaparecidas como Los Chimacas y la Danza de Conquista.

El tianguis de tradición prehispánica es muy peculiar: se realiza todos los días de la semana desde las cinco de la mañana hasta el atardecer; se ofertan productos locales y regionales, algunos de ellos procesados, como el preparado para hacer el pipián, maíz precocido para pozole (hay rosita, blanco, azul, rojo y pinto) y masa de maíz de distintos granos de colores, así como cacahuates crudos, cocidos o tostados; elotes en hoja; huitlacoche; huevos de gallina y de codorniz; semillas de calabaza tostadas; nopales pelados enteros, en trozos o cocidos; leche bronca, que es difícil encontrar en otros mercados; miel de abeja; pescados y mariscos, y de igual manera las ancas de rana, patos y tortuga de río; hongos silvestres y cultivados; calabazas y sus flores; camotes crudos y cocidos; tunas “joconoxtle”; guajes; frijoles; y hojas de maíz para tamales.

También hay alimentos preparados: tamales rellenos de mole rojo y carne de puerco bañados en salsa picante, y hay una variante el tamal frito en manteca o aceite; gorditas de masa de maíz o trigo, morelianas y frutas (pan típico); pinole; atole blanco; birria de gallina; tacos y gorditas rellenas de guisados: pollo con adobo, nopales, rajas, frijoles, champiñones, chicharrones y carne con chile; moronga o rellena; tacos de barbacoa; pipián; pozole; menudo; pescado empanizado, frito y en caldo.

Las flores también inundan la venta: las hay silvestres, como la santa maría y la azucena, y cultivadas: rosas, claveles y cempasúchil, así como plantas de ornato y algunas hierbas medicinales.

Ritos y tradiciones

Un pueblo con Carnaval, Judea y Cuereada

A lo largo del año se desarrolla por lo menos un festejo al mes. El calendario romano se inicia cuatro días antes de la Cuaresma, con los Pinoleros: el poblado se llena de algarabía por los parroquianos que se lanzan a las calles acompañados de música de chirimía y tambor, que van en peregrinación encabezada por su patrono San Martín Caballero y la Virgen de los Dolores. En el recorrido, lo tradicional es empinolar los rostros de los participantes o de los paseantes.

Los siguen, en otro festejo, el bailoteo de los integrantes de la Danza de Viejos al ritmo del violín, cuya tradición es muy antigua, sin que se sepa con certeza la época de su nacimiento. Aquí los participantes son solamente hombres; uno de ellos se disfraza de mujer y el resto de los viejos enmascarados danzan en su entorno para cortejarla.

De reciente creación es la Danza de Viejos Rotos, que el Martes de Carnaval van bailando por los distintos barrios del pueblo vestidos con harapos; es la contraparte de los Viejos Nuevos.

Al término de la Cuaresma y durante la Semana Mayor o Santa, se escenifica la Judea (antes conocida como Judíos) el miércoles en la noche, el jueves y viernes, basada en los pasajes de la Biblia que relatan los últimos días de la permanencia de Jesús en este mundo como Hijo de Dios, hasta su Crucifixión. Es la segunda más antigua e importante del país por el número de actores y de asistentes, después de la Iztapalapa, en el Distrito Federal; en 2011 llegará a su edición número 217.

El sábado, la Judea concluye con la tradicional Cuereada; la cita es en la plaza del poblado, en donde se simula que a los judíos los flagelan con lazos como penitencia para pagar por sus pecados.

Noviembre es el mes más musical y alegre, por la doble festividad, a San Martín y Santa Cecilia, ya que esta población tiene vocación melodiosa. El 11, para su patrono se efectúa un novenario. En el transcurso de esos días, los barrios, gremios y asociaciones se organizan para una peregrinación que recorre un buen tramo del poblado llevando al frente a la escultura peregrina de San Martín Caballero, acompañado por bandas de viento y distintos grupos de danzas de Morenos, Apaches y Aztecas, así como de los feligreses, hasta llegar al templo parroquial para la celebración eucarística.

Las fiestas para santa Cecilia

Para el 22 de este mismo mes, y también con novenario, los diversos grupos musicales hacen recorridos por las calles del poblado con la imagen de santa Cecilia y música festiva. Es impresionante el número de parroquianos que acuden a estos recorridos para pagar alguna manda a su patrono o simplemente darle las gracias por los favores concedidos.

En la segunda quincena de diciembre entran en escena los personajes de las pastorelas, que hacen que chicos y grandes interactúen con los habitantes de los distintos barrios. En el siglo XVI, estas representaciones teatrales fueron utilizadas como medio evangelizador, principalmente por parte de los franciscanos.

Hay dos tradiciones que ya desaparecieron, pero que todavía quedan en la memoria de los lugares que se derivaron de la Danza de Moros y Cristianos del Viejo Mundo: son los chimacas (conocidos en Tonalá y Zapopan como tastoanes) y la Danza de Conquista.

Cultura popular


También hay otros elementos de la cultura popular que tienen un fuerte arraigo en las creencias religiosas, como el proceso para contraer matrimonio, desde que se pide a la novia hasta la boda y tornaboda. Hoy se conserva parte de este rito, como la participación de los padrinos de bautismo de ambos pretensos en el pedimento de la mano y los preparativos de la ceremonia religiosa y el convivio.

Están también los sepelios de niños o angelitos y de adultos, con los imprescindibles rezanderos, que con sus cantos y peticiones hacia el Altísimo contagian contrición a los asistentes. Con otro rito, el de acabe de cosecha, con el canto del Alabado, se le daban gracias a Dios por una buena cosecha.

Con el tiempo, las tradiciones se van modificando: algunas desaparecen y otras se retoman. Lo importante es que las que sobreviven no permanecen estáticas, sino que las distintas generaciones que van heredando el legado cultural las adaptan a nuevas interpretaciones y significados. Ése es el caso de San Martín de las Flores, tan rico en estas manifestaciones populares, siempre con un sentido de identidad y pertenencia.

Por la suma de sus tradiciones y su historia, San Martín de las Flores es, sin duda, una isla dentro de la Zona Metropolitana de Guadalajara: es una tierra de antaño.

Por: Laura González Ramírez, maestra en historia de México y académica de la UdeG.

CRÉDITOS:

Informador Redacción / EHOG
Feb-20 05:59 hrs
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