MADRID, ESPAÑA.- El progreso y el desarrollo
impuestos matan, marginan y hacen enfermar a miles de indígenas de todo el
mundo, víctimas de un sistema económico depredador de sus recursos naturales e
insensible con la existencia de otros modelos de vida.
Así lo denuncia la
organización
Survival International en el informe "El progreso puede matar", que
subraya que generalmente el progreso entendido en términos occidentales "no
reporta una vida larga y feliz" a los pueblos indígenas, sino "una existencia
corta y desoladora, con la muerte como única escapatoria".
El informe destaca
que un 90% de indígenas americanos murió tras el contacto con los europeos por
enfermedades o por una pura política de exterminio y que en las islas Andamán
(océano Índico) hoy sólo quedan 53 indígenas de una población que ascendía a seis mil 700 cuando llegaron los británicos en el siglo XIX.
La mayoría fue víctima
del sarampión, en un contacto forzado con el "hombre blanco", que es portador de
otras enfermedades como el SIDA que en comunidades como los papúes que viven en
la zona de
Papúa Nueva Guinea invadida por los indonesios presentan una tasa de
infección del virus VIH 15 veces superior al resto de la población.
El
"progreso", según Survival, se traduce también en hambre, en que miles de niños
guaraníes de la rica zona de Iguazú (tanto en el lado de Brasil como en el de
Argentina) estén muriendo de hambre, porque la selva en la que vivían está
siendo talada.
En 2005, dice el informe de Survival, la mayoría de niños
guaraní mbyá del lado argentino padecía malnutrición y el año siguiente 20 niños
murieron de inanición en sólo tres meses.
Al otro lado de la frontera viven
otros 11 mil indígenas, que han sido hacinados en un área que sólo puede
mantener a 300, porque el resto de selva "está siendo talada a gran velocidad
para crear haciendas de ganado y plantaciones de soja y caña de azúcar".
En
Canadá, los inuit tienen dos o tres veces más posibilidades de padecer diabetes
que otros canadienses y eso es consecuencia de que se han visto obligados a
adoptar una vida sedentaria y se han convertido en dependientes de comidas
procesadas que destrozan su salud.
Otro efecto trágico derivado de la
reubicación forzosa de estos pueblos es que "se destroza su cultura, sus medios
económicos y su sentido de cómo vivir en este mundo, lo que les lleva al
suicidio".
En Canadá, los grupos indígenas que han perdido la conexión con
sus tierras presentan tasas de suicidio 10 veces superiores a la media nacional
y en la comunidad guaraní ha habido años, como 1995, en los que se dio un caso
de suicidio por semana, incluido niños.
La alienación y la falta de esperanza
conducen también a las drogas, normalmente las más baratas como el alcohol y la
gasolina, dice el informe, que alerta de los altos índices de bebés que nacen
con síndrome alcohólico fetal y del consumo entre los niños.
"Un tercio de
los niños innu (en el noreste de Canadá) inhala gasolina. Muchos comienzan con
sólo cinco años de edad", se expone.