— Mediocridad
Hay que entenderlo así: hacer la Villa Panamericana para los Juegos de 2011 en los alrededores del Parque Morelos, como pretendió hacerlo el hoy secretario de Salud y alcalde de Guadalajara con licencia, Alfonso Petersen Farah, tal vez hubiera sido lo ideal; hacerla en el predio conocido como “El Bajío”, según se decidió ayer, es, simple y llanamente, lo más viable. Porfiar en el proyecto inicial habría valido la pena, a la larga, si el plazo final para entregar la obra no hubiese sido perentorio: por ejemplo, si los Juegos estuvieran programados para el año siguiente del Día del Juicio; pero como la mecha, una vez encendida, se acortaba cada día, y como Guadalajara tiene una larga historia de obras que a la hora buena se hacen tarde, mal y caras (“el síndrome de Los Arcos del Milenio”, diría un sicoanalista), es obvio que la resolución se tomó, finalmente, con un criterio pragmático:
—Aquí, antes de que se arrepientan; porque si no, los atletas van a tener que alojarse en las tiendas de campaña de los que protestan contra el Puente Atirantado.
--¡...si bien les va! —acotaría alguien
—II—
“El Bajío”, en el vértice suroccidental de la confluencia del Periférico con la prolongación de la avenida Vallarta, era, hasta hace unos tres años, uno de los pocos espacios de la mancha urbana a los que podía colocarse la ingeniosa etiqueta que el humorista uruguayo Juan Verdaguer dedicó a las campiñas de Irlanda, sempiternamente verdes: “Son lugares en que la mano del hombre aún no ha metido el pie”.
Como paisaje, era un oasis de respeto a la naturaleza que el monstruo urbano, por alguna misteriosa razón, se abstenía de devorar. En el aspecto ecológico, formaba parte de la zona de amortiguamiento entre el bosque de La Primavera y la ciudad que día y noche lo amenaza, y de hecho ha empezado a agredirlo; fue, hasta el temporal de lluvias que acaba de quedar atrás, una zona de recarga de los mantos freáticos. En poco tiempo no será ni lo uno ni lo otro: será el asiento del llamado “Templo Mayor” de las “Chivas”; será un centro cultural —según San Lucas— y comercial, provisto de un gigantesco estacionamiento para automóviles, y será, después de los Juegos Panamericanos en puerta, asiento de un abigarrado complejo habitacional de viviendas al más puro estilo “peor es nada”, con respecto al cual habrá que cruzar los dedos para implorar porque no se convierta en una versión corregida y aumentada, para mal, de “El Sauz”.
—III—
Al margen de esos buenos deseos —y de la esperanza de que, como de costumbre, la Virgen de Zapopan tenga a bien extender su manto protector para salvar a la ciudad de los efectos de las barbaridades sistemáticamente perpetradas por sus propios hijos—, lo cierto es que la idea de aprovechar los Juegos Panamericanos como pretexto para impulsar la regeneración del cada vez más abandonado, degradado y prostituido “Centro Histórico” de la ciudad, queda en el abandono. Quedan los predios en que se realizaría el “Proyecto Alameda”. Queda la frustración —como decía el bolero— de “lo que pudo haber sido y no fue”...
—IV—
Queda, en fin, la dolorosa lección de que quizá sea cierto que Guadalajara está destinada a que la grandeza faraónica (la Plaza Tapatía, el Puente de Arcediano, los susodichos Arcos del Milenio...) sea la medida de sus sueños... y la rotunda mediocridad, la medida de sus esfuerzos.