Guadalajara, Jalisco

Jueves, 18 de Marzo de 2010

Actualizado: Jul-04 00:00 hrs

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Trigo sin paja

Los ejemplos dignos de ser imitados, no son necesariamente grandes manifestaciones de conducta que mueven a emulación. Hay ejemplos modestos, casi imperceptibles, pero con una carga moral elocuente y diáfana. Tal es el caso de una mujer común como todas, miss Elizabeth Swanson, quien vivió en Londres a principios del siglo XIX. Iba a la iglesia como todas; bordaba y cosía como todas; leía e iba a teatro como todas. Sin embargo, miss Elizabeth Swanson hizo un día algo que le otorga la categoría superior de una heroína: dejó de ponerle azúcar a su imprescindible té. ¿Porqué hizo eso? Porque supo que el azúcar era fruto del trabajo de miles de esclavos africanos —mujeres, hombres y niños— que sufrían bajo el látigo de los negreros en las plantaciones de Jamaica y Haití. La acción de la señorita Swanson parece insignificante y hasta risible. ¿Qué puede conseguir una modesta mujer con dejar de ponerle azúcar a su té? Pero las acciones morales valen por sí mismas independientemente de sus resultados. Por eso pienso que miss Elizabeth Swanson es una heroína, y más aún, un ejemplo conmovedor. A veces la dignidad humana consiste en no ponerle azúcar a su té.

Conocemos a Nostradamus por sus profecías que siguen siendo bestsellers en el mundo. Por lo común se ignora que fue también un médico insólito que no creía en las sanguijuelas, y contra las pestes recetaba aire y agua: aire que ventila, agua que lava. La mugre incubaba plagas; pero el agua tenía mala fama en la Europa cristiana. Salvo en el bautismo, el baño se evitaba porque daba placer y porque invitaba al pecado. En los Tribunales de la Santa Inquisición, bañarse con frecuencia era prueba de herejía de Mahoma. Cuando el cristianismo se impuso en España como verdad única, la Corona mandó arrasar con los muchos baños públicos que los musulmanes habían dejado, por ser fuentes de perdición. Ningún santo ni santa había puesto nunca un pie en la bañera, y entre los reyes era raro bañarse, que para eso estaban los perfumes. La reina Isabel de Castilla tenía el alma limpia, pero los historiadores discuten si se bañó dos o tres veces en toda su vida. El elegante rey sol de Francia, Luis XIV, el primer hombre que usó tacones altos, se bañó una sola vez entre 1647 y1711. Por receta médica.

Con la avalancha de los años ha quedado lejos ese lejano yo que no soy yo... Alguna vez yo ya no seré, pero todo mi entorno (paisaje, mar, rostros) seguirá siendo. Quizá yo seré sin lo que siempre me ha rodeado, pero en todas las cosas estaré como estoy ahora, en la común fraternidad de todo lo que existe.

El rostro con máscara no es un recurso, sino el verdadero rostro del mexicano.

FLAVIO ROMERO DE VELASCO / Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com
CRÉDITOS: Flavio Romero de Velasco Jul-04

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