- El viernes es su próxima pelea
Al púgil mexicano le preocupa más su integridad física que volverse millonario
BEIJING, CHINA.- Aterrizó en Beijing con un estado de cuenta
modesto y se irá millonario. Sus puños son oro molido para muchos,
especialmente para los promotores de boxeo profesional: les brillan los
ojos cuando ven pelear a un joven sencillo de 22 años y 57 kilogramos,
que ha ganado 141 veces de 153 que ha peleado.
Pero Arturo Santos le teme más al dinero que a los golpes, aunque sus
dos caminos lo llevan a él. Si pierde en los Juegos Olímpicos se hará
boxeador profesional, dejará de pelear con careta y firmará un contrato
por unos 22 millones de pesos.
Si gana una medalla de oro se llevará unos ocho millones de pesos en
premios y pondrá un balneario en Tamaulipas. Su relación con la lana,
como Arturo le dice, puede ser peligrosa, pues el dinero despierta el
lado oscuro de las personas, puede confundir el interés con la amistad
o peor aún, con el amor. Y en el mundo del boxeo si algo ha perdido a
los deportistas es el dinero.
La gente ve en Arturo signo de pesos, pero a él le preocupa más su
integridad física que volverse millonario a los 22 años. Piensa en los
12 rounds de eternos tres minutos, con la cabeza totalmente vulnerable.
No deja de intimidarle, pues “los golpes, son golpes”, pero también “la
lana, es la lana”.
Pero tampoco un joven se hace millonario de la nada. Se ha levantado
casi cinco mil días seguidos a las seis de la mañana a correr, a veces
ha querido literalmente tirar la toalla y cambiar su deporte por alguno
que no implique correr.
“Algunas de esas mañanas pienso en cómo me gustaría practicar tiro con
arco, comer varias veces al día y ganarme una medalla que implique
menos esfuerzo físico”, dice. No sólo es la corrida temprano. También
tiene que mantener los 57 kilogramos de peso, lo que implica, algunas
veces, comer una sola vez al día o no comer nada ni beber agua, cuando
se acerca la pelea.
Eso de andar contando lo que come o bebe es parte del sacrificio. En
seis años que lleva preparándose para estos juegos olímpicos ha dormido
en su casa apenas unos días. Su recámara no tiene un costal de pelea
pegado a la cama, como pudiera imaginarse el cuarto de un boxeador, lo
que sí cuelga de las paredes son medallas de todos colores que su mamá
guarda y pule con cariño.
A Santos se le ve lo boxeador en el caminadito. Le sale natural, no es
que vaya por la calle con movimientos de sombra, pero a pesar de que se
ve delgadito, pequeño y joven, camina con seguridad. Y cómo no, si cada
golpe que da, lleva el doble de su peso, para ser precisos 114
kilogramos de fuerza.
Es seguro de sí mismo. No titubea. Jamás confía sólo en su suerte y se
prepara para el éxito. Cuando sube a un ring se muere de los nervios,
pero apenas suelta el primer golpe y le sale el “Hulk” que lleva
dentro. Dice que cuando da un golpe, su cerebro le manda una señal de
satisfacción. Los músculos se le hinchan en el ring. Su signo chino es
búfalo y casi de cualquier parte de las tribunas en verdad lo parece.
Todo su cuerpo es delgado, menos los brazos. Cuando termina una pelea,
no le duele nada. La adrenalina no se lo permite, pero conforme pasan
las horas van apareciendo los recuerditos que le dejó el rival en el
cuerpo. Por cierto, del rival del viernes, su segunda pelea, sólo sabe
su origen: Túnez.
(El Universal)