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Hay que creerle a Juan Pablo Villalobos

Juan Pablo Villalobos. El escritor jalisciense es el ganador del Premio Herralde Novela. ESPECIAL / Anagrama

  • Cómo reír en tiempos oscuros según el premio Herralde
  • Estará acompañado por el monero JIS

El escritor presenta su obra 'No voy a pedirle a nadie que me crea' hoy en la librería Gandhi

GUADALAJARA, JALISCO (03/MAR/2017).- Juan Pablo Villalobos no se convirtió de la noche a la mañana en uno de los escritores más interesantes en habla hispana. Tampoco se debe al reciente Premio Herralde de Novela por “No voy a pedirle a nadie que me crea”. Lo es por el humor inteligente, tan escaso en tiempos oscuros, que maneja en todas sus novelas. En entrevista habla sobre el manejo de la comedia en una obra permeada por la violencia del crimen organizado.

—En “No voy a pedirle a nadie que me crea” los personaje  exploran los límites de la comedia y abarcan rangos que van desde chistes de mexicanos, vascos, españoles, árabes y “provincianos” locales, ¿qué tan flexible puede ser el humor sin, en tiempos políticamente correctos, herir a nadie?

— Justamente explorar dónde están los límites del humor es uno de los temas de la novela y no es casualidad que el primer capítulo se llame “Todo depende de quién cuente el chiste”. Ese fue también uno de los temas que estudié mientras hacía el doctorado e incluso llegué a encontrar obras literarias, como la de Albert Cohen, que hacen humor con un tema tan delicado como el Holocausto. Pero claro, Cohen es judío y no puede ser acusado de antisemita. Al final, no se trata únicamente de lo “políticamente correcto”, hay líneas que no se pueden atravesar, a menos que quieras quedarte riendo solo. Sólo hay una cosa peor que reír solo: reír en mala compañía. Imagina que cuentas un chiste y los únicos que se ríen sean los racistas, los clasistas, los homofóbicos, los machistas…

—Tu novela regresa a la tradición del humor negro en la literatura nacional, ¿qué tan complejo es llegar a ese tono antisolemne cuando en México particularmente se apuesta por la solemnidad?

—Es verdad que la literatura más celebrada en México, y de hecho en todo el mundo, es la “seria” o “solemne”, pero nosotros tenemos una gran tradición irreverente que viene desde el siglo XIX, con los autores que hicieron picaresca, y que conecta en el siglo XX con autores como Jorge Ibargüengoitia, Augusto Monterroso, Daniel Sada o Juan Villoro. Esa es la tradición literaria que a mí me gustaría reinvindicar. Creo, además, que el lector mexicano sí está muy abierto al humor en la literatura, que al fin y al cabo conecta con nuestra manera de comportarnos cotidianamente, ese ejercicio permanente del albur, el chiste y la broma que hay en la sociedad mexicana.

—El humor dentro de la tragedia que vive el personaje principal funciona como escape para el lector, al grado que es imposible eludir el melodrama, la tragicomedia, ¿cuál es la apuesta al crear estas atmósferas donde te ríes de la tragedia del otro?

—Es algo que ya había hecho en mis anteriores novelas, en “Fiesta en la madriguera” intenté escribir una novela humorística con el tema de la violencia del narco, en “Si viviéramos en un lugar normal” se hace humor con la pobreza y la desigualdad y en “Te vendo un perro” con la memoria histórica y los desaparecidos. Esa es mi concepción de la literatura, que podría resumirse en una frase del filósofo alemán Theodor Adorno, que dice que “el arte avanzado escribe la comedia de lo trágico”. Escribir comedia con temas trágicos es lo que me interesa.

—“No voy a pedirle a nadie que me crea” es una novela donde el poder nunca se muestra pero está ahí, al grado que permea cualquier espacio de la novela, ¿era tu intención hacer una obra sobre el crimen organizado y su capacidad de corrupción?

—Sí, es una novela sobre tramas de corrupción transnacionales. Entre otras cosas, hay una novela negra dentro de “No voy a pedirle a nadie que me crea”. Una trama con criminales y políticos de diversas nacionalidades y cómo pueden controlar la vida de gente normal.

—Suena absurdo que una organización sea capaz de cambiar el tema de una tesis doctoral, sin embargo en la novela no lo es: ¿qué tanto de exageración hay en la obra?

—Mucho, por supuesto. Es una de las estrategias que utilizo con efectos cómicos. Siempre que escribo me pregunto “¿Qué pasaría si....?”. Y voy exagerando cada vez más la pregunta, cada vez más, hasta que encuentro una trama tan absurda que pueda alcanzar a reflejar la realidad absurda en la que vivimos.

—Hay un caudal de lecturas y obsesiones en los personajes, quizá reflejo de tus lecturas y obsesiones; ¿cuánto de tu trabajo doctoral está plasmado en la novela?

—Nunca terminé el doctorado, y la verdad es que en mis novelas he reciclado muchas de las lecturas y de los materiales que produje para la tesis. Lo que sucede es que eso es lo que siempre me ha interesado, y primero intenté estudiarlo desde un punto de vista académico, en el doctorado, y ahora he decidido hacerlo desde una perspectiva literaria, creativa.

—No hay un final feliz, ¿crees que ese sea el destino de las sociedades, como la mexicana, dominadas por el crimen?

—Creo que un final feliz hubiera sido hipócrita, además de poco realista, desgraciadamente. No puedo hablar mucho del final para no arruinarle la experiencia a los lectores, pero es verdad que en mis novelas siempre trato de ser fiel a la realidad mexicana y en nuestra realidad, hasta ahora, no hay finales felices. En el fondo soy un realista, yo suscribo lo que escribió Augusto Monterroso: “el humorismo es el realismo llevado a sus últimas consecuencias”.

—Escribes sobre Barcelona siendo un extranjero, ¿fue complicado, te sentiste seguro al ahondar en un sinfín de clichés y prejuicios de los catalanes?

—Fue un enorme desafío. Para poder escribir hay que apropiarse de un territorio no solo geográfico, sino también sentimental, y fue sólo después de vivir 10 años en Barcelona que me sentí seguro para hacerlo. Hay en toda mi literatura un juego con los clichés y los estereotipos, pero no me pongo límites: en “No voy a pedirle a nadie que me crea” hay burlas por igual sobre los mexicanos, argentinos, italianos, chinos, catalanes... Como toda la obra está salpicada por la parodia y el sarcasmo, la gente suele tomárselo bien.

—¿Qué te representa el unirte a una lista de mexicanos ganadores del Herralde?

—Un honor, sin duda. Es una lista en la que está Sergio Pitol, a quien he leído con muchísima admiración desde hace muchos años, y a quien hago un homenaje en “No voy a pedirle a nadie que me crea” (incluso aparece brevemente como personaje). Daniel Sada, que me parece el mejor escritor mexicano de los últimos 30 años. Juan Villoro, una gran referencia para quienes tratamos de abordar la realidad mexicana con humor. Y más recientemente Álvaro Enrigue y Guadalupe Nettel, también autores de una obra excelente que yo he leído con muchísimo interés.

—Si tuvieras que pedirle a alguien que te creyera algo sobre esta novela, qué sería.

—Que las cosas más inverosímiles, las más absurdas, son las verdaderas, las autobiográficas.


CRÉDITOS:

/ GSO
Mar-03 02:01 hrs

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