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Museo de la lepra documenta la historia de la horrible enfermedad

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Imagen de un pasillo del pequeño hospital de St. Jorgens. ESPECIAL

  • En 1850 las autoridades gastaron mucho dinero intentando acabar con este mal
  • Una de las instituciones hospitalarias más antiguas de Escandinavia documenta los estragos físicos y sociales de aquella enfermedad

BERGEN, NORUEGA (31/MAY/2010).- El pequeño hospital de St. Jorgens, en Bergen, una de las instituciones hospitalarias más antiguas de Escandinavia, alberga un impresionante museo de la lepra que documenta los estragos físicos y sociales de aquella enfermedad.

Aunque hoy parezca casi mentira por tratarse de Noruega, uno de los países más ricos del mundo gracias sobre todo al petróleo y a sus exportaciones pesqueras, la lepra siguió muy viva en ese país escandinavo hasta comienzos del siglo XX, a diferencia de lo ocurrido en otros países europeos.

A partir de 1850, las autoridades gastaron sumas enormes de dinero en sus esfuerzos por acabar con este mal, que haría de esta ciudad, con sus tres leproserías, el centro de la investigación de la lepra durante varias décadas.

Ninguna otra enfermedad ha tenido las mismas consecuencias a largo plazo como la lepra para el enfermo al estar asociado ese terrible mal con un secular estigma.

Así lo atestiguan los archivos de Bergen, singular fuente de documentación sobre la historia social, médica e institucional de esta enfermedad y que forman parte del programa "Memoria del Mundo", de la UNESCO.

Se cree que la lepra la importaron a Europa los hombres que acompañaron a Alejandro Magno en sus conquistas más de 300 años antes de nuestra era, y al extenderse a lo largo de los siglos por Europa y luego por África y América se convirtió en un gravísimo problema sanitario.

Durante la Edad Media a los leprosos los trataban como si fuesen muertos en vida, es decir que estaban muertos a efectos civiles.

A Noruega esta infección crónica llegó, según se cree, en el año 1,000 después de Cristo procedente de Irlanda, y durante el siglo XIX la mayoría de sus víctimas fueron pescadores y campesinos pobres.

Dos médicos noruegos, Carl Wilhelm Boeck y Daniel Cornelius Danielssen, sentaron las bases para su investigación a nivel internacional como una enfermedad específica y no como una condición general consecuencia de la miseria, el hambre y la falta de higiene.

Se creó entonces en Noruega, con ayuda de médicos, sacerdotes y otras personas, un registro oficial de leprosos, seguramente el primer registro nacional de pacientes del mundo, que sirvió de modelo para los de otros países.

Pero el avance definitivo lo logró el también médico Gerhard Henrik Armauer Hansen (1841-1912), quien en 1874 publicó un trabajo científico para la Asociación Médica Noruega que trataba de su descubrimiento del bacilo de la lepra, trabajo que descartaba la anterior creencia de que podía ser un mal hereditario.

Gracias a su influencia, Hansen consiguió que en Noruega se introdujese en 1885 una muy estricta legislación sobre la lepra que abría las puertas incluso al encarcelamiento de los enfermos, lo cual le enemistó con muchos de sus colegas, que lo consideraron excesivo.

Muchos criticaron también algunos de sus experimentos más crueles como cuando inyectó, con una aguja infectada, en el ojo de una paciente del hospital material que había tomado de otro leproso aquejado por la forma más virulenta de la enfermedad: la conocida como lepra lepromatosa.

El pequeño hospital de Bergen, con su viejísima iglesia de madera, es hoy un monumento a los esfuerzos de los médicos y a la paciencia de los afectados por una enfermedad erradicada hoy en Occidente, pero que sigue siendo endémica en algunos países en desarrollo.

Por cierto, que la iglesia anexa al hospital acoge actualmente una exposición sobre un provocador concurso que, con el nombre de "Miss Minas Personales", quiere llamar la atención del mundo acerca de ese problema causado, sin embargo, por el hombre.

Una edición de ese concurso que debía celebrarse en 2009 en Camboya fue suspendido por el Gobierno del país asiático, pero el hombre que concibió el proyecto, el director de teatro noruego Morten Travik, fotografió a las concursantes, todas ellas con algún miembro amputado, una prótesis en algunos casos y siempre una tiara.

Las fotos a gran tamaño de esas mujeres, pese a todo sonrientes, han sido colocadas en distintos lugares de la iglesia, entre crucifijos y retablos.

CRÉDITOS:

EFE / LELM
Mayo-31 10:08 hrs

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